
En uno de los momentos más intensos del relato evangélico, Jesús no enfrenta el dolor en aislamiento. El texto de Mateo 26:37–38 describe una escena profundamente humana: “Comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera… Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo.” La imagen es poderosa. El Maestro, el líder, el referente espiritual, no niega su angustia ni la disfraza con fortaleza aparente. La nombra. Y además, solicita compañía.
En el contexto cultural de este relato, la masculinidad estaba estrechamente asociada con firmeza, honor y resistencia. La exposición pública del sufrimiento podía interpretarse como debilidad. Sin embargo, el texto muestra a Jesús verbalizando su tristeza profunda y pidiendo que otros permanezcan con Él. No solicita soluciones inmediatas ni discursos complejos. Pide presencia. Pide que no lo dejen solo en su hora crítica.
Desde una perspectiva clínica contemporánea, esta escena resulta notable. La investigación en psicología de la salud y en neurociencia ha documentado de forma consistente que la regulación emocional ocurre, en gran medida, de manera co-regulada. El sistema nervioso humano responde a la presencia segura de otros; la conexión amortigua la activación de amenaza y reduce la carga fisiológica del estrés. La idea de que la fortaleza implica aislamiento no encuentra respaldo empírico. Por el contrario, el apoyo social es uno de los factores protectores más robustos frente a la ansiedad, la depresión y las secuelas del trauma.
Muchos hombres, sin embargo, han sido socializados bajo un modelo de autosuficiencia rígida. Expresiones como “resuelve solo” o “no muestres debilidad” moldean una narrativa donde necesitar acompañamiento se percibe como una falta de carácter. Esta construcción cultural suele generar un conflicto interno: el deseo humano natural de conexión frente a la exigencia aprendida de invulnerabilidad. El resultado puede ser silencio emocional, somatización del estrés, retraimiento afectivo o dificultad para pedir ayuda incluso en momentos críticos.
El pasaje de Getsemaní ofrece un contramodelo. Jesús no pierde autoridad al expresar angustia. No se vuelve menos firme por pedir compañía. Su humanidad no contradice su misión; la encarna. La solicitud “quedaos conmigo” dignifica la necesidad de apoyo. Desde una mirada relacional, esta escena valida una dependencia madura: no regresiva ni incapacitante, sino interdependiente. La capacidad de decir “necesito que estés aquí” refleja conciencia emocional y fortaleza interna.
Esta exhortación es, sin duda, para hombres y mujeres. La vulnerabilidad saludable es una necesidad humana universal. Sin embargo, es mi deseo dirigir una atención particular a la población masculina, precisamente porque, por razones culturales y sociales, suele enfrentar mayores barreras para reconocer y aceptar ayuda. Hablar de este tema no pretende excluir, sino abrir espacio donde históricamente ha habido silencio.
La iglesia, cuando funciona de manera saludable, puede convertirse en un espacio de sostén donde el dolor encuentra escucha y la carga se comparte. La comunidad de fe tiene un valor espiritual y afectivo significativo. No obstante, el sufrimiento humano adopta formas complejas: trauma, ansiedad persistente, depresión, conflictos relacionales o duelos no resueltos. Estos procesos, además del acompañamiento espiritual, a menudo requieren intervención especializada.
A lo largo de la historia, la fe cristiana ha reconocido que Dios obra a través de personas preparadas para tareas específicas. Así como existen llamados al ministerio pastoral, también existen vocaciones orientadas al cuidado clínico de la salud mental. La formación profesional en psicología no compite con la fe; puede ser una expresión concreta de servicio responsable. El conocimiento científico sobre regulación emocional, apego y trauma no reemplaza la dimensión espiritual, pero la complementa con herramientas basadas en evidencia y en principios éticos sólidos.
Para muchos hombres, el espacio terapéutico puede convertirse en ese “quedaos conmigo” contemporáneo: un lugar confidencial y seguro donde la angustia puede nombrarse sin juicio. Un entorno donde la fortaleza no se mide por el silencio, sino por la disposición a explorar la propia experiencia interna con honestidad. Un proceso donde buscar ayuda no es señal de fracaso, sino un acto de madurez emocional.
Reconocer la necesidad de apoyo no disminuye la fe ni la identidad masculina. Amplía la posibilidad de vivir ambas con mayor integración. La comunidad puede sostener. La psicoterapia puede profundizar. Y en esa convergencia, la vulnerabilidad deja de ser amenaza para convertirse en camino de restauración.
Getsemaní no es solo un momento de agonía; es una revelación sobre la condición humana. Aquel que muchos identifican como modelo de fortaleza espiritual no eligió la soledad como estrategia. Eligió la compañía. En esa elección hay una enseñanza clara: permitir que otros estén presentes en el dolor no debilita la fe ni la hombría, sino que humaniza y fortalece.
A veces, el acto más valiente no es resistir en silencio, sino decir con honestidad: “acompáñame”.
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