
Ansiedad: ¿Falta de fe o respuesta biológica?
Es una de las preguntas más frecuentes que escucho en la intersección de la salud mental y la vida cristiana. Para muchos creyentes, experimentar palpitaciones, pensamientos intrusivos o una sensación constante de catástrofe se traduce erróneamente en una crisis de identidad espiritual. Se preguntan: “Si confío en Dios, ¿por qué no puedo dejar de sentir miedo?”.
Como psicóloga clínica, mi respuesta es clara y compasiva: La ansiedad no es un indicador de tu nivel de fe; es, fundamentalmente, una respuesta biológica de protección.
El diseño de nuestro cerebro: El sistema de alerta
Desde la neurociencia, la ansiedad es la activación de nuestro sistema de respuesta al estrés. Tenemos una estructura en el cerebro llamada amígdala, que funciona como una alarma de humo. Su trabajo es detectar amenazas y activar la respuesta de “lucha, huida o congelamiento”.
Cuando este sistema se desregula (ya sea por trauma, genética o estrés crónico), la alarma se queda “encendida” aunque no haya un peligro real presente. En este estado:
- El cortisol y la adrenalina inundan el cuerpo.
- El corazón late más rápido para enviar sangre a los músculos.
- El pensamiento se vuelve rígido porque el cerebro está priorizando la supervivencia sobre la lógica.
Decirle a alguien con un trastorno de ansiedad que “solo le falta fe” es equivalente a decirle a alguien con miopía que “solo le falta fe para ver bien”. La fe es un recurso espiritual poderoso, pero no anula nuestra biología humana.
Lo que dice la ciencia y lo que dice la Biblia
Es fascinante notar que la Biblia no ignora nuestra humanidad física. El profeta Elías, tras una gran victoria espiritual, experimentó lo que hoy llamaríamos un episodio de agotamiento extremo y ansiedad (1 Reyes 19). ¿Cuál fue la respuesta de Dios? No fue un sermón sobre la falta de fe; fue comida, descanso y acompañamiento. Dios atendió primero su biología.
Incluso el apóstol Pablo menciona estar “atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados” (2 Corintios 4:8). Esto nos sugiere que es posible ser una persona de fe profunda y, al mismo tiempo, experimentar la presión del sufrimiento humano y emocional.
Integrando la sanación: Fe y Ciencia en práctica
Si hoy te encuentras luchando con la ansiedad, aquí te propongo tres pilares para tu camino de sanación:
1. Validación Biológica: Reconoce que tus síntomas físicos son una respuesta de tu sistema nervioso, no una falla moral. Practicar técnicas de respiración diafragmática ayuda a enviar una señal química a tu amígdala de que “estás a salvo”.
2. Acompañamiento Profesional: La terapia psicológica proporciona herramientas científicas para “reentrenar” al cerebro y procesar las raíces del miedo. Dios a menudo usa la ciencia médica como un instrumento de su gracia.
3. Reflexión desde la Gracia: Cambia el “debería confiar más” por el “Dios está conmigo en mi vulnerabilidad”. El Salmo 56:3 dice: “En el día que temo, yo en ti confío”. Nota que el salmista no dice que el miedo desaparece mágicamente, sino que confía mientras siente temor.
La fe no nos hace inmunes a la ansiedad, pero nos da un ancla mientras navegamos por ella. No permitas que la culpa te aleje de la ayuda que necesitas. Tu cerebro es una obra maravillosa y compleja, y cuidar de él es también un acto de mayordomía y fe.
Nota de Base Científica: La desregulación del Eje Hipotalámico-Pituitario-Adrenal (HPA) es un proceso biológico documentado en los trastornos de ansiedad. Tratarlo requiere un enfoque integral que puede incluir psicoterapia, cambios en el estilo de vida y, en ocasiones, apoyo farmacológico, trabajando en armonía con el bienestar espiritual.trabajando en armonía con el bienestar espiritual.
Learn More
Incluso Jesús pidió compañía: vulnerabilidad, masculinidad y acompañamiento emocional
En uno de los momentos más intensos del relato evangélico, Jesús no enfrenta el dolor en aislamiento. El texto de Mateo 26:37–38 describe una escena profundamente humana: “Comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera… Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo.” La imagen es poderosa. El Maestro, el líder, el referente espiritual, no niega su angustia ni la disfraza con fortaleza aparente. La nombra. Y además, solicita compañía.
En el contexto cultural de este relato, la masculinidad estaba estrechamente asociada con firmeza, honor y resistencia. La exposición pública del sufrimiento podía interpretarse como debilidad. Sin embargo, el texto muestra a Jesús verbalizando su tristeza profunda y pidiendo que otros permanezcan con Él. No solicita soluciones inmediatas ni discursos complejos. Pide presencia. Pide que no lo dejen solo en su hora crítica.
Desde una perspectiva clínica contemporánea, esta escena resulta notable. La investigación en psicología de la salud y en neurociencia ha documentado de forma consistente que la regulación emocional ocurre, en gran medida, de manera co-regulada. El sistema nervioso humano responde a la presencia segura de otros; la conexión amortigua la activación de amenaza y reduce la carga fisiológica del estrés. La idea de que la fortaleza implica aislamiento no encuentra respaldo empírico. Por el contrario, el apoyo social es uno de los factores protectores más robustos frente a la ansiedad, la depresión y las secuelas del trauma.
Muchos hombres, sin embargo, han sido socializados bajo un modelo de autosuficiencia rígida. Expresiones como “resuelve solo” o “no muestres debilidad” moldean una narrativa donde necesitar acompañamiento se percibe como una falta de carácter. Esta construcción cultural suele generar un conflicto interno: el deseo humano natural de conexión frente a la exigencia aprendida de invulnerabilidad. El resultado puede ser silencio emocional, somatización del estrés, retraimiento afectivo o dificultad para pedir ayuda incluso en momentos críticos.
El pasaje de Getsemaní ofrece un contramodelo. Jesús no pierde autoridad al expresar angustia. No se vuelve menos firme por pedir compañía. Su humanidad no contradice su misión; la encarna. La solicitud “quedaos conmigo” dignifica la necesidad de apoyo. Desde una mirada relacional, esta escena valida una dependencia madura: no regresiva ni incapacitante, sino interdependiente. La capacidad de decir “necesito que estés aquí” refleja conciencia emocional y fortaleza interna.
Esta exhortación es, sin duda, para hombres y mujeres. La vulnerabilidad saludable es una necesidad humana universal. Sin embargo, es mi deseo dirigir una atención particular a la población masculina, precisamente porque, por razones culturales y sociales, suele enfrentar mayores barreras para reconocer y aceptar ayuda. Hablar de este tema no pretende excluir, sino abrir espacio donde históricamente ha habido silencio.
La iglesia, cuando funciona de manera saludable, puede convertirse en un espacio de sostén donde el dolor encuentra escucha y la carga se comparte. La comunidad de fe tiene un valor espiritual y afectivo significativo. No obstante, el sufrimiento humano adopta formas complejas: trauma, ansiedad persistente, depresión, conflictos relacionales o duelos no resueltos. Estos procesos, además del acompañamiento espiritual, a menudo requieren intervención especializada.
A lo largo de la historia, la fe cristiana ha reconocido que Dios obra a través de personas preparadas para tareas específicas. Así como existen llamados al ministerio pastoral, también existen vocaciones orientadas al cuidado clínico de la salud mental. La formación profesional en psicología no compite con la fe; puede ser una expresión concreta de servicio responsable. El conocimiento científico sobre regulación emocional, apego y trauma no reemplaza la dimensión espiritual, pero la complementa con herramientas basadas en evidencia y en principios éticos sólidos.
Para muchos hombres, el espacio terapéutico puede convertirse en ese “quedaos conmigo” contemporáneo: un lugar confidencial y seguro donde la angustia puede nombrarse sin juicio. Un entorno donde la fortaleza no se mide por el silencio, sino por la disposición a explorar la propia experiencia interna con honestidad. Un proceso donde buscar ayuda no es señal de fracaso, sino un acto de madurez emocional.
Reconocer la necesidad de apoyo no disminuye la fe ni la identidad masculina. Amplía la posibilidad de vivir ambas con mayor integración. La comunidad puede sostener. La psicoterapia puede profundizar. Y en esa convergencia, la vulnerabilidad deja de ser amenaza para convertirse en camino de restauración.
Getsemaní no es solo un momento de agonía; es una revelación sobre la condición humana. Aquel que muchos identifican como modelo de fortaleza espiritual no eligió la soledad como estrategia. Eligió la compañía. En esa elección hay una enseñanza clara: permitir que otros estén presentes en el dolor no debilita la fe ni la hombría, sino que humaniza y fortalece.
A veces, el acto más valiente no es resistir en silencio, sino decir con honestidad: “acompáñame”.
Learn More
Cultivar la vida espiritual:implicaciones para la salud mental y la calidad de vida
En el ejercicio clínico, es cada vez más evidente que la salud mental no se limita a la regulación emocional ni a la modificación de pensamientos disfuncionales. La experiencia humana es multidimensional. Para muchas personas, la espiritualidad constituye un eje organizador profundo de significado, identidad y esperanza.
En la psicología contemporánea, la espiritualidad se estudia como un recurso psicosocial, no como sustituto de tratamiento. Investigaciones en psicología de la religión y salud conductual han mostrado asociaciones consistentes entre práctica espiritual saludable y mejores indicadores de bienestar psicológico, menor sintomatología depresiva, mayor resiliencia ante el estrés y mayor satisfacción con la vida.
Espiritualidad y regulación emocional
Diversos estudios longitudinales han encontrado que la participación religiosa regular y la espiritualidad internalizada se correlacionan con niveles más bajos de depresión y ansiedad. Los mecanismos propuestos incluyen:
- Mayor sentido de propósito.
- Redes de apoyo comunitario.
- Marcos cognitivos que favorecen la reinterpretación del sufrimiento.
- Prácticas contemplativas que activan los sistemas de calma.
Desde una perspectiva neuropsicológica, prácticas como la oración meditativa pueden activar circuitos asociados a regulación emocional y disminuir la reactividad fisiológica al estrés. Este efecto es comparable al de intervenciones basadas en atención plena, cuando se realizan de forma no coercitiva y congruente con los valores personales.
Sentido de vida y resiliencia
La literatura en psicología positiva ha demostrado que el sentido de propósito actúa como amortiguador ante eventos adversos. En poblaciones que enfrentan enfermedad, duelo o trauma, la espiritualidad puede facilitar procesos de significado postraumático, favoreciendo lo que se conoce como crecimiento postraumático.
En el contexto cristiano, textos como Romanos 5:3–5 —“nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia…”— reflejan una narrativa de transformación del sufrimiento que, cuando es integrada de forma saludable, puede apoyar procesos cognitivos de reinterpretación adaptativa.
No se trata de espiritualizar el dolor ni de negar la emoción, sino de dotar la experiencia de un marco que la sostenga con esperanza.
Comunidad y apoyo social
La evidencia es clara en cuanto al impacto del apoyo social en la salud mental. La participación en comunidades religiosas suele asociarse a mayores redes de apoyo percibido, lo cual es un factor protector robusto frente a depresión y estrés crónico.
El efecto no depende únicamente de la doctrina, sino del sentido de pertenencia, conexión y acompañamiento.
Espiritualidad saludable vs. espiritualidad rígida
Es importante subrayar que no toda vivencia religiosa promueve bienestar. Investigaciones distinguen entre:
- Afrontamiento religioso positivo (confianza, colaboración con Dios, esperanza).
- Afrontamiento religioso negativo (culpa excesiva, visión punitiva de Dios, fatalismo).
El primero se asocia consistentemente con mejores indicadores psicológicos; el segundo puede agravar sintomatología ansiosa o depresiva.
Por ello, la integración clínica requiere discernimiento y respeto. La fe puede ser un recurso terapéutico cuando está alineada con compasión, responsabilidad personal y crecimiento.
Calidad de vida y coherencia interna
Cuando la dimensión espiritual está integrada —no fragmentada— con la vida emocional y cognitiva, suele observarse mayor coherencia interna. Las decisiones se vuelven más congruentes con valores profundos, lo que reduce conflicto intrapsíquico y mejora la percepción de bienestar global.
Proverbios 4:23 afirma: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida.” Desde una lectura psicológica, cuidar el “corazón” implica atender pensamientos, emociones, relaciones y también convicciones espirituales.
Una aclaración necesaria
La espiritualidad no reemplaza el tratamiento psicológico ni la intervención psiquiátrica cuando es necesaria. Tampoco es un indicador automático de salud mental. Sin embargo, cuando forma parte genuina de la identidad de la persona, ignorarla puede empobrecer el abordaje clínico.
Cultivar el área espiritual de manera reflexiva, informada y libre de coerción puede convertirse en un recurso significativo para fortalecer la resiliencia, la regulación emocional y el sentido de vida.
Learn More
Qué ocurre en el cerebro durante EMDR: una explicación sencilla y basada en ciencia
Este artículo explica de manera sencilla y basada en neurociencia qué sucede en el cerebro durante la terapia EMDR. Aborda el rol de la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal en el procesamiento del trauma, y detalla cómo la estimulación bilateral facilita la integración de recuerdos difíciles. Ideal para pacientes que desean comprender mejor la efectividad y seguridad de este enfoque terapéutico.
Learn More
Terapia EMDR: qué es, cómo funciona y sus beneficios para sanar el trauma
Conoce la terapia EMDR, una técnica reconocida por la APA y la OMS para tratar experiencias traumáticas y otras condiciones.
Learn More
Primero lo primero
La salud mental colectiva depende de las políticas públicas tanto como de la intervención clínica.
Learn More
El impacto de las experiencias adversas en la niñez
Desde que nacemos, nuestro entorno influye profundamente en cómo crecemos y nos desarrollamos. La infancia es un período de aprendizaje, exploración y formación de vínculos afectivos que, si son seguros y consistentes, nos brindan una base sólida para la vida. Sin embargo, no todos los niños tienen la fortuna de crecer en entornos protectores. Muchos enfrentan experiencias adversas que, aunque invisibles a simple vista, pueden dejar cicatrices duraderas tanto en la mente como en el cuerpo.
El estudio ACEs: un hito en la comprensión del trauma
En los años 90, los investigadores Felitti y Anda, en colaboración con Kaiser Permanente y los CDC, realizaron un estudio pionero en Estados Unidos: el ACE Study (Adverse Childhood Experiences). Más de 17,000 adultos participaron, y el objetivo era entender cómo las experiencias difíciles durante la infancia —desde abuso físico o emocional hasta la disfunción familiar— podían influir en la salud en la edad adulta. (https://www.cdc.gov/aces/about/index.html)
Los hallazgos fueron reveladores. No solo confirmaron lo que muchos profesionales sospechaban, sino que establecieron una relación directa entre la cantidad de experiencias adversas y el riesgo de enfermedades físicas y mentales. Identificaron diez tipos de adversidad, agrupados en tres grandes categorías:
- Abuso: físico, emocional o sexual.
- Negligencia: física o emocional.
- Disfunción familiar: violencia doméstica, adicción, enfermedad mental, separación o encarcelamiento de un miembro del hogar.
Cómo se manifiestan estas experiencias en la vida adulta
El estudio ACE y otras investigaciones posteriores muestran que mientras más adversidades enfrenta un niño, mayores son los riesgos en su salud futura. Entre los efectos más estudiados se encuentran:
- Salud mental: mayor probabilidad de ansiedad, depresión, trastorno de estrés postraumático (TEPT) y dificultades para establecer relaciones afectivas saludables.
- Salud física: incremento en enfermedades cardíacas, diabetes, obesidad y problemas inmunológicos.
- Conductas de riesgo: mayor tendencia al consumo de sustancias, conductas impulsivas o autolesiones.
Estas estadísticas pueden parecer frías, pero cada número representa vidas humanas. Niños que sufrieron abuso emocional pueden crecer con sentimientos persistentes de inseguridad o miedo, mientras que la negligencia puede afectar la capacidad de regular emociones o enfrentar el estrés.
La resiliencia y el camino hacia la reparación
A pesar de los riesgos, las experiencias adversas no determinan de manera absoluta el destino de una persona. La resiliencia, definida como la capacidad de adaptarse y recuperarse frente a la adversidad, juega un papel fundamental. Factores que favorecen la resiliencia incluyen:
- Contar con figuras de apoyo emocional confiables.
- Acceso a programas educativos y espacios seguros.
- Intervenciones terapéuticas tempranas, como terapia cognitivo-conductual o EMDR.
- Construir habilidades para regular emociones y manejar el estrés.
El conocimiento sobre ACEs nos da una herramienta poderosa: la prevención y la intervención temprana pueden modificar trayectorias de vida, reduciendo riesgos y promoviendo bienestar integral.
El estudio ACEs nos recuerda que lo que vivimos en la infancia no desaparece; deja huellas en la mente, el cuerpo y el corazón. Pero también nos enseña que con apoyo, comprensión y estrategias adecuadas, es posible transformar esas huellas en oportunidades de crecimiento. Reconocer y atender las experiencias adversas es un acto de cuidado y prevención que puede cambiar vidas, incluso décadas después de que la infancia haya pasado.
___________
Luego de publicar este artículo, quiero añadir lo siguiente: como padres, no siempre podemos controlar todos los factores del entorno. En ocasiones hay circunstancias que se salen de nuestro control, o que en ese momento no tuvimos la capacidad, las herramientas o las oportunidades para cambiar la situación. Sin embargo, ser figuras de sostén para nuestros hijos a través de sus emociones, validándolas y acompañándolos, tiene definitivamente un poder gigantesco en cambiar la experiencia de nuestros hijos. Porque a última hora, sin importar cuán dolorosa pueda ser una experiencia, lo que dejará marcas, será la forma como nos acompañaron a través de ella.
Te puede interesar:
- Experiencias reparadoras: ¿qué son y por qué son importantes para sanar?
- También hay marcas que sanan
- Sanar es comprender nuestras experiencias y transformar sus huellas

Volver a comenzar
Volver a comenzar no significa fracasar, sino reconocer cuándo un camino ya no aporta al bienestar personal. Esta reflexión ofrece una mirada psicológica sobre la importancia de revisar decisiones, adaptarse a los cambios y tomar acciones más coherentes con lo que necesitamos en el presente.
Learn More
La depresión mayor altamente funcional: seguir funcionando no significa estar bien
En la práctica clínica, no es raro encontrar personas que llegan a terapia con una sonrisa, una agenda llena de responsabilidades y una vida aparentemente en orden. Trabajan, cuidan de sus familias, cumplen con sus tareas… y sin embargo, por dentro, sienten que se están desmoronando. A esto se le conoce como depresión mayor altamente funcional.
Aunque no es un término oficial dentro de los manuales diagnósticos como el DSM-5, este concepto describe un fenómeno real y profundamente doloroso: personas que cumplen con los criterios clínicos de un episodio depresivo mayor, pero que logran mantener un nivel de funcionamiento externo que oculta su malestar interno.
¿Qué significa tener una depresión altamente funcional?
Tener una depresión altamente funcional no significa estar manejando bien la situación. Significa que se ha desarrollado una capacidad para ignorar, minimizar o disociarse del propio sufrimiento, al punto de seguir cumpliendo con las obligaciones diarias como si nada ocurriera. Este patrón suele estar sostenido por creencias como:
“No tengo tiempo para deprimirme.”
“Otros la están pasando peor, no tengo derecho a quejarme.”
“Si dejo de cumplir, todo se viene abajo.”
El esfuerzo para mantener esa fachada puede ser enorme, y muchas veces ni siquiera la persona se da cuenta de cuán agotada o desconectada está emocionalmente. A menudo, solo en momentos de crisis o colapso emocional se hace evidente que algo no está bien.
Riesgos asociados
Aunque desde fuera parezca que la persona “funciona bien”, este tipo de depresión conlleva riesgos importantes:
Mayor riesgo de cronificación del cuadro depresivo. Al no reconocer ni atender los síntomas a tiempo, la depresión puede volverse persistente y más difícil de tratar.
Aumento del riesgo suicida. Paradójicamente, las personas altamente funcionales pueden tener mayor acceso a medios y menos probabilidades de que su entorno detecte señales de alerta.
Desgaste emocional severo. El esfuerzo continuo por sostener una imagen de normalidad puede llevar a fatiga crónica, insomnio, síntomas somáticos e irritabilidad.
Dificultad para pedir ayuda. La combinación de autoexigencia, perfeccionismo y miedo al juicio ajeno hace que muchas veces estas personas no se permitan mostrarse vulnerables.
Consideraciones terapéuticas
Cuando una persona vive con una depresión altamente funcional, uno de los primeros retos en terapia suele ser ayudarle a validar su experiencia interna. Muchas veces, ha pasado tanto tiempo ignorando sus síntomas o restándoles importancia que empieza a dudar incluso de su derecho a sentirse mal. Frases como “no tengo razones para estar así” o “hay gente que la pasa peor” son comunes, y se convierten en barreras emocionales que le impiden pedir ayuda o reconocer su dolor como legítimo. En este punto, la validación terapéutica no es un gesto superficial, sino un paso fundamental hacia el alivio.
En la medida en que el vínculo terapéutico se fortalece, se hace posible comenzar a explorar los mecanismos que han sostenido esa fachada de aparente bienestar. Es frecuente descubrir un sistema de creencias profundamente arraigado donde dominan la autoexigencia, el perfeccionismo y el miedo al juicio de los demás. Estas creencias no solo alimentan la necesidad de mantener el control, sino que muchas veces han sido funcionales en otros momentos de la vida. Por eso, no se trata de eliminarlas sin más, sino de comprenderlas con compasión y flexibilizarlas para que dejen de convertirse en una prisión emocional.
Parte esencial de ese proceso es fomentar la autocompasión. Para muchas personas con este perfil, mostrarse vulnerables equivale a fracasar o ser débiles. Por eso, aprender a tratarse con ternura, con palabras y gestos que no castiguen el sufrimiento sino que lo acompañen, puede ser una experiencia profundamente transformadora. La autocompasión no significa rendirse, sino cambiar la relación que se tiene con el dolor.
A la par, también se trabaja en fortalecer redes de apoyo y fomentar la expresión emocional. La fachada de funcionalidad suele venir acompañada de aislamiento interno: la persona se acostumbra a “estar para todo el mundo”, pero rara vez permite que alguien esté para ella. En terapia, se abre el espacio para explorar qué emociones han sido silenciadas, qué necesidades han sido postergadas, y cómo comenzar a abrirse de manera segura y auténtica al acompañamiento de otros.
Existen abordajes terapéuticos que ofrecen herramientas útiles para este tipo de trabajo, ya que permiten identificar patrones cognitivos rígidos y creencias disfuncionales que sostienen el sufrimiento. Pero más allá del enfoque técnico, lo esencial es ofrecer un espacio donde la persona pueda, poco a poco, dejar de funcionar como si nada pasara, y empezar a vivir desde un lugar más verdadero y más libre.
Una invitación al cuidado
La depresión altamente funcional es silenciosa, porque se esconde detrás de logros, listas de tareas y frases como “estoy bien, solo cansada”. Pero eso no la hace menos real. Si algo de esto te es familiar —o con alguien que conoces—, recuerda que buscar ayuda no es un signo de debilidad, sino de valentía y amor propio.
Sentirse mal no debería requerir permiso. Y seguir funcionando no debería ser la única medida de bienestar.
Learn More
Experiencias reparadoras: ¿qué son y por qué son importantes para sanar?
Las experiencias reparadoras pueden sanar heridas emocionales y transformar tu forma de vincularte contigo y con los demás.
Learn More