
Qué ocurre en el cerebro durante EMDR: una explicación sencilla y basada en ciencia
Este artículo explica de manera sencilla y basada en neurociencia qué sucede en el cerebro durante la terapia EMDR. Aborda el rol de la amígdala, el hipocampo y la corteza prefrontal en el procesamiento del trauma, y detalla cómo la estimulación bilateral facilita la integración de recuerdos difíciles. Ideal para pacientes que desean comprender mejor la efectividad y seguridad de este enfoque terapéutico.
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Terapia EMDR: qué es, cómo funciona y sus beneficios para sanar el trauma
Conoce la terapia EMDR, una técnica reconocida por la APA y la OMS para tratar experiencias traumáticas y otras condiciones.
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Primero lo primero
La salud mental colectiva depende de las políticas públicas tanto como de la intervención clínica.
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El impacto de las experiencias adversas en la niñez
Desde que nacemos, nuestro entorno influye profundamente en cómo crecemos y nos desarrollamos. La infancia es un período de aprendizaje, exploración y formación de vínculos afectivos que, si son seguros y consistentes, nos brindan una base sólida para la vida. Sin embargo, no todos los niños tienen la fortuna de crecer en entornos protectores. Muchos enfrentan experiencias adversas que, aunque invisibles a simple vista, pueden dejar cicatrices duraderas tanto en la mente como en el cuerpo.
El estudio ACEs: un hito en la comprensión del trauma
En los años 90, los investigadores Felitti y Anda, en colaboración con Kaiser Permanente y los CDC, realizaron un estudio pionero en Estados Unidos: el ACE Study (Adverse Childhood Experiences). Más de 17,000 adultos participaron, y el objetivo era entender cómo las experiencias difíciles durante la infancia —desde abuso físico o emocional hasta la disfunción familiar— podían influir en la salud en la edad adulta. (https://www.cdc.gov/aces/about/index.html)
Los hallazgos fueron reveladores. No solo confirmaron lo que muchos profesionales sospechaban, sino que establecieron una relación directa entre la cantidad de experiencias adversas y el riesgo de enfermedades físicas y mentales. Identificaron diez tipos de adversidad, agrupados en tres grandes categorías:
- Abuso: físico, emocional o sexual.
- Negligencia: física o emocional.
- Disfunción familiar: violencia doméstica, adicción, enfermedad mental, separación o encarcelamiento de un miembro del hogar.
Cómo se manifiestan estas experiencias en la vida adulta
El estudio ACE y otras investigaciones posteriores muestran que mientras más adversidades enfrenta un niño, mayores son los riesgos en su salud futura. Entre los efectos más estudiados se encuentran:
- Salud mental: mayor probabilidad de ansiedad, depresión, trastorno de estrés postraumático (TEPT) y dificultades para establecer relaciones afectivas saludables.
- Salud física: incremento en enfermedades cardíacas, diabetes, obesidad y problemas inmunológicos.
- Conductas de riesgo: mayor tendencia al consumo de sustancias, conductas impulsivas o autolesiones.
Estas estadísticas pueden parecer frías, pero cada número representa vidas humanas. Niños que sufrieron abuso emocional pueden crecer con sentimientos persistentes de inseguridad o miedo, mientras que la negligencia puede afectar la capacidad de regular emociones o enfrentar el estrés.
La resiliencia y el camino hacia la reparación
A pesar de los riesgos, las experiencias adversas no determinan de manera absoluta el destino de una persona. La resiliencia, definida como la capacidad de adaptarse y recuperarse frente a la adversidad, juega un papel fundamental. Factores que favorecen la resiliencia incluyen:
- Contar con figuras de apoyo emocional confiables.
- Acceso a programas educativos y espacios seguros.
- Intervenciones terapéuticas tempranas, como terapia cognitivo-conductual o EMDR.
- Construir habilidades para regular emociones y manejar el estrés.
El conocimiento sobre ACEs nos da una herramienta poderosa: la prevención y la intervención temprana pueden modificar trayectorias de vida, reduciendo riesgos y promoviendo bienestar integral.
El estudio ACEs nos recuerda que lo que vivimos en la infancia no desaparece; deja huellas en la mente, el cuerpo y el corazón. Pero también nos enseña que con apoyo, comprensión y estrategias adecuadas, es posible transformar esas huellas en oportunidades de crecimiento. Reconocer y atender las experiencias adversas es un acto de cuidado y prevención que puede cambiar vidas, incluso décadas después de que la infancia haya pasado.
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Luego de publicar este artículo, quiero añadir lo siguiente: como padres, no siempre podemos controlar todos los factores del entorno. En ocasiones hay circunstancias que se salen de nuestro control, o que en ese momento no tuvimos la capacidad, las herramientas o las oportunidades para cambiar la situación. Sin embargo, ser figuras de sostén para nuestros hijos a través de sus emociones, validándolas y acompañándolos, tiene definitivamente un poder gigantesco en cambiar la experiencia de nuestros hijos. Porque a última hora, sin importar cuán dolorosa pueda ser una experiencia, lo que dejará marcas, será la forma como nos acompañaron a través de ella.
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La depresión mayor altamente funcional: seguir funcionando no significa estar bien
En la práctica clínica, no es raro encontrar personas que llegan a terapia con una sonrisa, una agenda llena de responsabilidades y una vida aparentemente en orden. Trabajan, cuidan de sus familias, cumplen con sus tareas… y sin embargo, por dentro, sienten que se están desmoronando. A esto se le conoce como depresión mayor altamente funcional.
Aunque no es un término oficial dentro de los manuales diagnósticos como el DSM-5, este concepto describe un fenómeno real y profundamente doloroso: personas que cumplen con los criterios clínicos de un episodio depresivo mayor, pero que logran mantener un nivel de funcionamiento externo que oculta su malestar interno.
¿Qué significa tener una depresión altamente funcional?
Tener una depresión altamente funcional no significa estar manejando bien la situación. Significa que se ha desarrollado una capacidad para ignorar, minimizar o disociarse del propio sufrimiento, al punto de seguir cumpliendo con las obligaciones diarias como si nada ocurriera. Este patrón suele estar sostenido por creencias como:
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“No tengo tiempo para deprimirme.”
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“Otros la están pasando peor, no tengo derecho a quejarme.”
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“Si dejo de cumplir, todo se viene abajo.”
El esfuerzo para mantener esa fachada puede ser enorme, y muchas veces ni siquiera la persona se da cuenta de cuán agotada o desconectada está emocionalmente. A menudo, solo en momentos de crisis o colapso emocional se hace evidente que algo no está bien.
Riesgos asociados
Aunque desde fuera parezca que la persona “funciona bien”, este tipo de depresión conlleva riesgos importantes:
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Mayor riesgo de cronificación del cuadro depresivo. Al no reconocer ni atender los síntomas a tiempo, la depresión puede volverse persistente y más difícil de tratar.
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Aumento del riesgo suicida. Paradójicamente, las personas altamente funcionales pueden tener mayor acceso a medios y menos probabilidades de que su entorno detecte señales de alerta.
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Desgaste emocional severo. El esfuerzo continuo por sostener una imagen de normalidad puede llevar a fatiga crónica, insomnio, síntomas somáticos e irritabilidad.
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Dificultad para pedir ayuda. La combinación de autoexigencia, perfeccionismo y miedo al juicio ajeno hace que muchas veces estas personas no se permitan mostrarse vulnerables.
Consideraciones terapéuticas
Cuando una persona vive con una depresión altamente funcional, uno de los primeros retos en terapia suele ser ayudarle a validar su experiencia interna. Muchas veces, ha pasado tanto tiempo ignorando sus síntomas o restándoles importancia que empieza a dudar incluso de su derecho a sentirse mal. Frases como “no tengo razones para estar así” o “hay gente que la pasa peor” son comunes, y se convierten en barreras emocionales que le impiden pedir ayuda o reconocer su dolor como legítimo. En este punto, la validación terapéutica no es un gesto superficial, sino un paso fundamental hacia el alivio.
En la medida en que el vínculo terapéutico se fortalece, se hace posible comenzar a explorar los mecanismos que han sostenido esa fachada de aparente bienestar. Es frecuente descubrir un sistema de creencias profundamente arraigado donde dominan la autoexigencia, el perfeccionismo y el miedo al juicio de los demás. Estas creencias no solo alimentan la necesidad de mantener el control, sino que muchas veces han sido funcionales en otros momentos de la vida. Por eso, no se trata de eliminarlas sin más, sino de comprenderlas con compasión y flexibilizarlas para que dejen de convertirse en una prisión emocional.
Parte esencial de ese proceso es fomentar la autocompasión. Para muchas personas con este perfil, mostrarse vulnerables equivale a fracasar o ser débiles. Por eso, aprender a tratarse con ternura, con palabras y gestos que no castiguen el sufrimiento sino que lo acompañen, puede ser una experiencia profundamente transformadora. La autocompasión no significa rendirse, sino cambiar la relación que se tiene con el dolor.
A la par, también se trabaja en fortalecer redes de apoyo y fomentar la expresión emocional. La fachada de funcionalidad suele venir acompañada de aislamiento interno: la persona se acostumbra a “estar para todo el mundo”, pero rara vez permite que alguien esté para ella. En terapia, se abre el espacio para explorar qué emociones han sido silenciadas, qué necesidades han sido postergadas, y cómo comenzar a abrirse de manera segura y auténtica al acompañamiento de otros.
Existen abordajes terapéuticos que ofrecen herramientas útiles para este tipo de trabajo, ya que permiten identificar patrones cognitivos rígidos y creencias disfuncionales que sostienen el sufrimiento. Pero más allá del enfoque técnico, lo esencial es ofrecer un espacio donde la persona pueda, poco a poco, dejar de funcionar como si nada pasara, y empezar a vivir desde un lugar más verdadero y más libre.
Una invitación al cuidado
La depresión altamente funcional es silenciosa, porque se esconde detrás de logros, listas de tareas y frases como “estoy bien, solo cansada”. Pero eso no la hace menos real. Si algo de esto te es familiar —o con alguien que conoces—, recuerda que buscar ayuda no es un signo de debilidad, sino de valentía y amor propio.
Sentirse mal no debería requerir permiso. Y seguir funcionando no debería ser la única medida de bienestar.
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